Una vez más, un proyecto ilusionante con jóvenes músicos.
Siempre me ha interesado profundamente el contacto con los jóvenes y la posibilidad de motivarlos. Su apertura natural a lo nuevo, la curiosidad y el entusiasmo con que acogen las propuestas hacen que el trabajo con ellos sea especialmente fértil. Con los jóvenes, todo es posible: escuchan, experimentan, se arriesgan y crecen.
Mi relación musical con las Islas Canarias ha sido, a lo largo de los años, altamente satisfactoria. A finales de los años ochenta tuve la oportunidad de dirigir varios conciertos con la Orquesta Sinfónica de Tenerife, una primera experiencia con músicos profesionales que dejó una huella muy positiva.
Más adelante, a finales de los noventa, un alumno canario que se había formado orquestalmente conmigo en Barcelona, al convertirse en profesor en Las Palmas, me propuso hacerme cargo de la formación de la Orquesta del Conservatorio de Las Palmas. Durante varios años trabajé allí de forma regular, con una dedicación intensa y constante, y se alcanzó un nivel sinfónico plenamente respetable. El trabajo con los jóvenes fue profundo y exigente, pero también extraordinariamente enriquecedor. Muchos de aquellos alumnos recuerdan todavía hoy aquella etapa como una experiencia decisiva en su formación.
Una vez finalizados los estudios en el conservatorio, nació un nuevo proyecto: la Orquesta Sinfónica de la Ciudad de Las Palmas, ya con un carácter semiprofesional. Aquellos mismos jóvenes me invitaron a dirigirlos en varios conciertos, cerrando así un proceso formativo que había crecido de manera orgánica y coherente.
El siguiente paso fue especialmente emotivo. Algunos alumnos de aquella promoción, siguiendo en cierta medida la línea pedagógica iniciada conmigo, crearon su propio proyecto juvenil, la Orquesta Inegale, y en 2017 me invitaron a dirigirlos de nuevo, ahora trabajando con sus propios alumnos. El resultado fue inesperadamente excelente, con un nivel artístico sorprendentemente alto.
Ahora, esta experiencia se repite en Tenerife, esta vez con los jóvenes del Conservatorio Profesional. Nueve años después, vuelvo a tener la oportunidad de intervenir en la formación musical de jóvenes estudiantes, reafirmando una convicción que siempre me ha acompañado: la pedagogía musical es una de las tareas más nobles y decisivas que puede ejercer un músico.
Exceptuando el primer contacto con músicos profesionales de la Sinfónica de Tenerife, mi actividad en las Islas Canarias ha sido fundamentalmente pedagógica. Esta misma apuesta por los jóvenes la he desarrollado también en Barcelona, donde creé un plan de formación orquestal en Juventudes Musicales, con grupos infantiles, juveniles y, finalmente, conjuntos semiprofesionales y profesionales, como es el caso de la actual BCN Sinfonietta. Músicos que han crecido sobre una base sólida, siguiendo una línea pedagógica clara y coherente.
Si los resultados han sido satisfactorios, es porque siempre he entendido la orquesta como un gran grupo de música de cámara. Trabajar la escucha constante, evitar la mera ejecución mecánica de las notas, buscar las relaciones internas, las dependencias y los equilibrios entre las voces. Huir de la rigidez y apostar por la flexibilidad, la expresión y la conciencia del discurso musical.
Los jóvenes son especialmente receptivos a este planteamiento. Se puede influir de manera muy positiva en su actitud interpretativa, algo que, lamentablemente, los músicos profesionales a menudo ya no pueden permitirse. Con los jóvenes, todo sigue estando abierto.
La base de todo es crear un clima de empatía y colaboración mutua. Hacerlos partícipes, en todo momento, de lo que sucede musicalmente; hacerlos conscientes de la importancia de su aportación individual, de su papel dentro del grupo y de la responsabilidad compartida en el resultado final.
Es necesario abandonar la idea de que los músicos simplemente se reúnen para tocar. La música no es una actividad exterior: debe ser invocada. Nace en la conciencia de cada uno, tanto del intérprete como del oyente. Es preciso coordinar voluntades y actitudes, conducirlas sin agresividad hacia un objetivo común, hacia un proyecto compartido. Esto solo es posible mediante un trabajo fenomenológico que permita una reacción espontánea de la conciencia ante el fenómeno musical, una comprensión viva del mensaje del compositor en cada instante.
El encuentro de las distintas subjetividades se hace así posible: un encuentro de conciencias, casi de las almas, que conduce a una conciencia colectiva. El ego se disuelve y surge la capacidad real de conectar con el otro. Pero esto solo puede ocurrir si los elementos musicales están bien articulados, estructurados y asumidos con responsabilidad.
De pronto, todos se escuchan, se reconocen y se crea una profunda sintonía, una conexión real entre los músicos. Esto es amor. Esta es la dimensión casi divina que nos aporta la música.
Los jóvenes tienen una capacidad extraordinaria para vivir de manera inmediata esta experiencia de unión a través de la música. Por eso, lo más importante es sembrar la semilla. El tiempo hará el resto.
Cada vez que trabajo con jóvenes músicos salgo esperanzado e ilusionado, confirmando que este camino es posible. Una vez más he podido comprobarlo aquí, en las Islas Afortunadas.
Gracias. Me siento profundamente reconfortado.
